También Asclepios utilizaba los Estados Regresivos

Dice la leyenda, dice la historia, que Asclepios -dios sanador entre los griegos-, hijo de Apolo hiperbóreo, se aparecía en el santuario a los enfermos que hasta él, con fe, habían acudido; y dicen los mil y un testimonios que se recuerdan que Asclepios los curaba durante el sueño…

Este evocador relato bien podría ser uno de los muchos casos en que la antigüedad refleja la virtualidad de los templos habitados por dioses taumaturgos. Una realidad, ahora casi perdida. Pero lo que nos sorprende de este caso no es que Asclepios curara, sino que lo hiciera conforme a las técnicas que en la actualidad conocemos como "regresiones".

Dice la leyenda que Asclepios, hijo de Apolo y de la mortal Carónide, nació en Epidauros. Y nos muestra la Historia que allí, en Epidauros, al este del Peloponeso, a pocos kilómetros de la costa del Egeo, tuvo Asclepios, ya en el siglo VI a. C., el más importante de sus santuarios, donde se le veneraba como dios de la medicina.
De ese santuario, que era un amplio recinto con edificios destinados al culto y a la curación, hoy tan sólo queda en pie el teatro. Pero ese teatro basta para que podamos comprender hasta qué punto Epidauros fue importante.


Apoyado en las laderas del monte Cinortio, formando un embudo que se abre y vierte en un bosque de balsámicos pinos, ese teatro, el de mayores dimensiones de cuantos construyeron los griegos, acoge a más de catorce mil espectadores sentados.
Pero lo sorprendente no es sólo su monumentalidad, ni tampoco la insuperable armonía de sus líneas, lo más sorprendente es que si una persona se sitúa en el escenario, especialmente sobre una losa que marca el centro de aquella zona circular, basta con que esa persona hable en susurro para que sea oída nítidamente por todos los espectadores, aun los más alejados. Y eso en un teatro al aire libre, con un sorprendente efecto no sólo de amplificación del sonido, sino también, y sobre todo, de ausencia total de reverberación y casi total ausencia de interferencias fónicas.


Un prodigio de acústica que es hoy la gran diversión de los turistas. Y te invito, lector, a que los veas con la imaginación, como tantas veces los he visto yo en la realidad.


Llega un autocar, el guía abre al puerta y los turistas salen atropellándose en dirección al teatro. Van divertidos, gastándose bromas, como niños en el recreo. Y no importa la nacionalidad. Casi todos se estrechan entre sí, agolpando cuerpos y voces, palmean y palmotean, preparan cámaras o vídeos y a todo esto, que es algo generalizado, que ocurre en cualquier lugar con turistas, en Epidauros debe unirse que casi todos señalan y alientan a unos pocos. A esos pocos que van a "actuar", que en el autocar han anunciado ya la intención de hacer oír su voz en el escenario del teatro. Y así ocurre. En tanto la mayor parte del grupo -alegre y ruidosa- se sienta en las gradas y fotografía y aplaude, unos pocos forman fila en el escenario. Y allí, esos actores frustrados - o quien sabe si políticos sin votos- van haciendo su catarsis de líderes hasta entonces no escuchados. Y uno recita esa poesía que aprendió de niño en el colegio, otro arenga a la multitud, y hay otros que llegan a la osadía de destrozar el monólogo de Hamlet. Ya saben: "Ser o no ser, esta es la cuestión". Y así, intentando ser, que ésta es la cuestión, alemanes, franceses, japoneses, también españoles, cómo no, todos torturan las nobles piedras del teatro que, impertérrito, capaz al parecer de soportar no importa qué mortificación, sigue allí en pie, sin arrojar sus propias piedras a quienes se desahogan con interminables parlamentos.

Y los turistas, cumplido su rito, trotan unos minutos por los alrededores, sólo unos minutos, porque el resto del Santuario es poco más que un montón de piedras desperdigadas y, además, tienen hambre y sed -los turistas siempre tienen hambre y sed-, y tras unas fotos más tras mirar el lugar con los ojos de la cámara, no con los suyos, vuelven satisfechos al autocar.
Y se van. Se van casi todos sin enterarse de que allí, en Epidauros, se efectuaban las más sorprendentes curaciones. Y que, entre otras técnicas médicas allí, en Epidauros, se utilizaban las de los sueños incubados. Eso que ahora llamamos regresiones, esas técnicas que algunos creen muy actuales y que los antiguos -los de la más antigua antigüedad, también Egipto-
conocían y practicaban con gran eficacia. Porque también nuestros antepasados sabían que hay algo inteligente -algo que en Grecia era el divinizado Hipnos- que moldea los sueños y crea las formas que vemos en los ensueños.

¿MORIR, DORMIR...SOÑAR ACASO?

¿Adónde nos llevan los sueños?, se preguntaba Jung. ¿Al inconsciente, a la memoria colectiva, al mundo de los muertos, al reino de los arquetipos?
Poco sabemos del sueño. Y menos todavía del ensueño. De ese sueño paradójico que nos sorprende con su capacidad terriblemente energética. Tan energética que ya en la antigüedad se sospechaba que el mundo real podía no ser el de la vigilia, sino el de los sueños. Como escribió Chiang-tsé: "Anoche soñé que era mariposa. Y ahora no sé si soy un hombre que soñó ser mariposa o si soy una mariposa que está soñando ser un hombre". Algo parecido a la duda hamletiana que tantos turistas, sin saber hasta qué punto cumplen antiguos ritos, recitan en el teatro de Epidauros: "Morir, dormir, soñar acaso?"
Indudablemente, seguimos ignorándolo casi todo del sueño y del ensueño, pero sí conocemos y sí se conocía ya en antiguos tiempos la capacidad catártica del sueño, esa capacidad altamente energética que, al ser canalizada, puede producir curaciones realmente prodigiosas. Y eso eran los sueños incubados. Toda un técnica -una depurada técnica- de utilización del sueño provocado, de la inducción a estados bajos de conciencia, a estados regresivos.
Y, si no, vuelve otra vez a la imaginación, lector. Pero esta vez retrocede más en el tiempo. Y observa. Estás enfermo. Y has andado estadios y más estadios camino de Epidauros. Tienes fe en Asclepios. Es una divinidad. Hijo del luminoso Apolo. Y, como Apolo, también él, luminoso. Es el Cristo de la mitología griega. El sanador. El que ha sido engendrado para consolar y curar a la Humanidad. Y sus sacerdotes te esperan. Y tú sabes que el mismo Asclepios se te aparecerá en sueños y te hablará. Y su palabra es palabra de vida.


Y tú, que ahora andas encorvado, febril, dolorido, asustado porque sientes la muerte tras de ti, avanzando también, buscándote, sabes que sólo Asclepios, sólo esa divinidad de la luz, sólo la Luz que es él, porque él es el hijo del Sol, el engendrado por Apolo, la deidad solar, sólo él puede iluminar tu vida, sólo él puede devolverte la salud y la alegría. Y tú, que crees, que necesitas creer, avanzas recitando la letanía de tu fe: "Asclepios, ten piedad de mi".
Has andado muchos estadios. Tus piernas flaquean ya. Pero ahora, al fin, ante ti, el Santuario. Estás ya en Epidauros y tus ojos, tan doloridos, se deleitan, no obstante, en la inscripción que corona la entrada. Es la misma que ostentan los asclepiones de Cos y de Pérgamo, las dos grandes sucursales médicas de Epidauros. Y lees: "En el nombre de todos los dioses de la muerte".

Sabes ya que en tanto permanezcas en el Asclepión, en el Santuario de Epidauros, la muerte no te alcanzará. Y, aliviado, con ojos menos febriles, contemplas ahora el esplendor del lugar en el que estás entrando.

EL MISTERIOSO TOLOS

Has llegado por el norte, donde antes estaba la entrada, no por el Sur, como ahora, y tus ojos resbalan por las gradas del enorme teatro. Tu mirada, absorta, queda prendida en el escenario, donde coro y música están exaltando el poder de Asclepios, el dios sanador, el taumaturgo por excelencia, hasta el punto de que los mismos cristianos, antes de que Teodosio II lo cerrara al culto, daban a Asclepios el nombre de "Salvador de los paganos"


Pero tus piernas son ya algodón y los servidores de Asclepios, que han registrado tu entrada, te están llevando al katagogeion, al alberque donde te será asignada una habitación.

 


El enorme edificio del albergue, con sus ciento sesenta habitaciones, está a poco más de un estadio -a unos ciento cincuenta metros- del teatro. Muy cerca. Y las fuerzas parecen volver a ti. ¿Cómo dudar del poder curativo del dios? ¿Acaso todos los edificios que ves no son expresión pétrea de su gloria?


Los baños, el gimnasio, el odeón, los templos -multitud de esplendorosos templos, de templos luminosos, con reflejos de espejos de oro-, la fuente sagrada, la biblioteca, el estadio… Y tantos y tantos otros enormes edificios, y entre ellos también el recinto para la incubación y el misterioso Tolos.


¿Qué era el Tolos? ¿Para qué y en qué se utilizaba? ¿Cuál era la función de esa construcción circular, laberíntica, que se hundía en circunvalaciones en el interior de la tierra?


Según algunos, el Tolos era el lugar subterráneo de reunión de los sacerdotes. Según otros, allí se guardaban los tesoros; otros afirmaban que era la entrada a la tumba simbólica de Asclepios, el lugar donde anidaban las serpientes sagradas.


Esas serpientes que, en doble ondulación, ascienden por el bastón-kundalini de Asclepios. Esas serpientes que nadie ignora ya son el símbolo de la líbido, de la energía, de la capacidad de regeneración de la vida, símbolo, a fin de cuentas, de nuestra inmortalidad.

LOS SUEÑOS INCUBADOS

Y tú ahora, esperanzado, aguardas el nuevo día. Sabes que serás sometido a un gran número de ritos de purificación: abluciones, baños, ayunos. Que deberás ofrecer sacrificios al dios. Que formarás parte de una doliente cadena de enfermos que, en procesión, bajo las estrellas, conducido por sacerdotes y flanqueado por serpientes, recorrerás simbólicos circuitos. Que asistirás a las loas a Asclepios en el teatro. Que, una vez iniciadas la primeras curas hídricas, que tras ingerir las primeras tisanas de desconocidas yerbas, que tras ser auscultado una y otra vez, serás aislado en el templo de las incubaciones y allí -o en la profundidad de tinieblas del Tolos si tu gravedad así lo requiere-, en el más absoluto de los silencios, en la más absoluta de las oscuridades, con la sola presencia de la efigie del dios, respirando un aire denso, acre, caerás en un sueño -posiblemente inducido por drogas, no sólo por la droga de una imaginación excitada-, en un sueño profundo, espeso. Y entonces, sólo entonces, el dios Asclepios se te hará visible. Quizás hable contigo, quizás se limite tan sólo a contemplarte o a posar tan sólo su mano en el lugar de tu dolencia, pero en todo caso tú sabes -lo sabes con toda certeza, con la certeza de tu enardecida fe en la divinidad, con la certeza de tu necesidad- que Asclepios te devolverá la salud. También a ti, como a tantos y a tantos otros.


¿Acaso no has leído en las inscripciones que ornan el santo Santuario que el dios ha sanado incluso a quienes se burlaban de él?
«Un hombre -has leído en la inscripción- que tenía paralizados los dedos de la mano, menos uno solo, vino a suplicar ante el dios, y viendo las tablas -ex votos- en el recinto sagrado, se puso a dudar de las curaciones a burlarse de las inscripciones que las atestiguaba. Habiéndose dormido entonces, tuvo una visión. Le pareció que jugaba a la taba cerca del templo y se preparaba a hacer una jugada: de súbito apareció el dios y se abalanzó sobre su mano, extendiéndole los dedos uno después de otro. Habiéndose alejado el dios, el hombre, para convencerse bien de la cosa, cerró sus dedos y los abrió uno a uno. El dios le preguntó que si tenía todavía dudas con respecto a las inscripciones sobre las ofrendas del templo, y él respondió que no. Entonces el dios le dijo: "Porque tú no has creído al instante en las cosas que no son increíbles, yo te concedo ahora el beneficio de una curación increíble". Y habiendo amanecido el día, salió curado».


¿Y Arata, una mujer de Lacedemonia, hidrópica, no había sanado también con ser tan terrible su enfermedad
¿Y Hermon de Thasos, el ciego?
¿Y Agestratos, con sus dolores de cabeza?
¿Y Gorgias de Heraclea, que había sido herido por una flecha en un pulmón?
«Gloria a ti, ¡oh Asclepios!, que cargas con nuestro dolor y nos sanas con tu luz».

TAMBIÉN EN LAS IGLESIAS CRISTIANAS

Los sueños incubados -sueños de revelación obtenidos mediante estados modificados de conciencia- no nacieron ni terminaron en Grecia. Ya antes, muchos siglos antes, se practicaban en Egipto, y los conocieron también otras culturas, como las de Mesopotamia.
En La Epopeya de Gilgamesh se nos dice que éste, antes de atacar al monstruo Humbaba, se dirigió a la montaña pidiéndole que le concediera un sueño. Gilgamesh y su amigo Enkidú, que le acompañaba, iniciaron entonces una serie de ritos que incluían abrir pozos para que -como se supone y se intentaba el el Tolos de todos los asclepiones- surgiera por ellos el soplo del sueño. Era un sumergirse en las tinieblas para alcanzar la luz de la divinidad. Era lo que posteriormente fue cruzar la noche oscura del alma para llegar a Dios. Era lo que hoy es sumergirse en los colectores del subconsciente para alcanzar la luz de la supraconsciencia.


Y todo eso con las mismas técnicas de sugestión que se utilizan hoy: ritos, simbolismo, verbalización, acrecentamiento de la fe, perfumes hipnóticos, drogas…


Y que se ha utilizado siempre en todas la culturas. También en nuestra cultura cristiana, en nuestras iglesias, especialmente en la baja Edad Media. Entonces, como en los asclepiones, llegada la noche, las iglesias cerraban las puertas y un sacerdote apagaba las lámparas. Todas excepto una, que en los templos cristianos no era la que alumbraba a la deidad, como en los abaton-dormitorios en que se practicaba la incubación en Grecia-, sino la que se reflejaba en uno de los sepulcros, y esa luz esparcía reflejos plateados que se fundían espectralmente, con la luz de la Luna que se filtraba por los altos ventanales y proyectaba densas sombras sobre muros y columnas, sobre el mármol mortuorio del piso y los lívidos rostros de las imágenes.


El calor de los cirios recién apagados invadía el recinto y el olor del incienso espesaba la atmósfera. El aire era otra losa, y los enfermos, junto al sepulcro débilmente iluminado, de rodillas unos, tumbados otros, expectantes todos, velaban atentos al silencio, al sonido, a las sombras, a la luz… Todo podía ser el anuncio de su curación. Y el silencio se hacía audible. Y había un rumor de silencios interiores, de rezos sin voz, que rompía en ecos sonoros de voces internas.

Extenuados por los ayunos, sensibilizados por los inacabables rezos preparatorios y, en algunos casos, casi desmayados también por las disciplinas, los enfermos velaban. Velaban y esperaban. Y la soledad y las sombras les iban llenando de espanto. Pero, al fin, tras horas de temor y de éxtasis, de convulsa agitación también, todos iban entrando en el sueño de adormidera que impregnaba el recinto. Y algunos, no todos, recibían en sueños la presencia del Santo. Y el santo, terrible según unos y seráfico según otros, hecho de sombras sobrecogedoras en unos casos y de radiante luz en otros, admonitorio a veces o indulgente también, imponía las manos o insuflaba vida con el aliento, se limitaba a contemplar al enfermo o a cubrirle con su luz, ésos, los que, de alguna manera habían sido elegidos por la Presencia, despertaban sanos y salvos. Ya no había enfermedad. Ya sólo pletórica vida. Porque un anciano de luz, con barba blanca, bondadoso, o el mismo Cristo, o la luz, sólo un rayo de luz, se había acercado a ellos en sueños y les había sanado. 

Gregorio de Tours, en La medicina de las iglesias en el siglo VI refiere la visión de una joven que llevaba muchos años enferma de parálisis. No podía asistir a las vigilias y se quedaba en el atrio extendida en su lecho. «En medio de la noche -dice Gregorio de Tours- la joven se duerme. Después de unos instantes ve delante de sí a San Martín. Y en sueños entiende que el santo va a reprenderla por no estar con los otros fieles. La enferma, temblorosa, le hace notar su parálisis. Entonces, San Martín, movido por la compasión, la levanta suavemente y la lleva a la iglesia. Felizmente sostenida por el santo, avanza orgullosa hacia el altar. Al instante caen las cadenas que sujetaban su miembros. El ruido despierta a la joven mujer, que está curada»


Ahora, Asclepios y San Martín son psiquiatras y psicólogos. Ahora las iglesias son gabinetes y los reclinatorios divanes. Ahora las tinieblas son el subconsciente. Ahora las divinidades son arquetipos. Ahora los sueños incubados son sueños sofrónicos o hipnóticos, son sueños regresivos. Pero ahora, como entonces, es la Luz la que sigue sanando.

Por: Joaquín GRAU