Chavín de Huantar

Al norte de Perú, en la cuenca del río Marañón, entre el Pacífico y la Amazonia, en un altiplano de la sierra andina, se encuentran las ruinas de Chavín de Huantar. Sin lugar a dudas el más sorprendente vestigio de cultura antigua.


Fui a Chavín de la mano de dos amigos entrañables, Tito Ayza y Tiberio Petro-León, y gracias a ellos tuve acceso a corredores y recintos nunca abiertos a los curiosos y pocas veces a los estudiosos.


Antes de llegar a Chavín, tras abandonar la ruta asfaltada para entrar en el camino de montaña, la mirada se estremece contemplando la tenebrosidad de la Cordillera Negra, una opresiva sucesión de oscuros dientes de cadena montañosa que parecen aplastarse bajo su propio peso y que, sorprendentemente, se suceden uno tras otro casi paralelamente a la llamada Cordillera Blanca, la sierra andina nevada, airosa, con su luminoso Huascarán, uno de los picos más altos del mundo.

El paisaje del mítico mundo de los callejones de Huaylas y Conchucos es el lugar donde, según la leyenda, vivieron los huaris, gigantes que, tras el Diluvio extendieron su elevada cultura por toda la Tierra. Pero luego -sigue la leyenda- los huaris se unieron a las hijas de los terrestres y degeneraron hasta acabar en simples humanos o también en animales y plantas.

Por el camino de tierra afirmada, perdido ya todo sonido de vida, bajo el vuelo silente del águila harpía, entramos en el estremecido mundo del Abra Cahuish, que se recuesta bajo un glaciar, ojo de túnel del mismo nombre, que, a más de 4.200 metros de altura, permite el acceso a Chavín. Es también el mundo de la laguna de Querococha, cuyas aguas albergan la campana de oro de la ciudad de Recuay que, según la leyenda, Querococha robó a la laguna de Anticocha tras una feroz batalla. Y ahora, ¿será verdad que a media noche la campana dobla lúgubremente por los guerreros muertos?
Al fin, tras largas horas de un viaje tan excitante como agotador, allá, al fondo, veo Chavín de Huantar, el pueblo que en el altiplano, a 3.200 metros de altura, da nombre a las ruinas.


Poco después mi mirada recorría estructuras piramidales y escalinatas, plazas rectangulares y piscinas circulares. Sentía que miles de años me contemplaban.
¿Miles?
Cuando los conquistadores españoles llegaron a Perú, Chavín estaba ya en estado de ruinas, y era ya una leyenda. Los propios incas desconocían a qué cultura llegó a pertenecer aquella antiquísima civilización. Mientras que para algunos arqueólogos, Chavín pudiera remontarse a la época de Thutmosis III de Egipto (hacia el 1500 a.C.), para otros es todavía más antigua, haciéndola retroceder unos miles de años más. Si bien en este asunto no hay acuerdo, sí, en cambio, coinciden en que Chavín fue la cultura matriz precolombina, origen de las posteriores civilizaciones Olmeca y de Tiahuanaco. En América, antes de la cultura actualmente denominada Chavín parece que no hubo nada. Y si lo hubo, nada se sabe. Hasta las enigmáticas pistas de Nazca son herederas de la cultura Chavín, ese importante centro ceremonial que hoy, desdichadamente, se encuentra en gran medida demolido por la convulsión sísmica de 1945. Pero aun cuando una telúrica maldición parece haber intentado borrar Chavín, las secuelas que de esa cultura permanecen son lo suficientemente expresivas como para poder "leer" en ellas lo que no es posible encontrar en los restantes vestigios líticos primitivos.

EL OTRO CHAVIN


El recinto arqueológico de Chavín incluye dos pirámides con corredores interiores sorprendentemente aireados, dos plazas hundidas, gradas, escalinatas y, entre otros muchos vestigios arquitectónicos, pulidas superficies pétreas de revestimiento que ostentan inquietantes grabados. Y también cabezas clavas, estelas y monolitos.
Y ese es el Chavín externo, el Chavín exotérico de los arqueólogos, el Chavín de columnas salomónicas, el Chavín impresionante, monumental, pero sólo piel, simple cuerpo fosilizado.


Hay otro Chavín. Y no es de simple piel pétrea. Ese otro Chavín empezó a investigarlo María Scholten en 1953, cuando descubrió que los constructores de esa zona piramidal poseían conocimientos no inferiores -y hasta similares- de los constructores de las zonas de las pirámides egipcias de Gizeh. Unos sorprendentes conocimientos que, en síntesis, pueden ser formulados del siguiente modo:
1. Las culturas prehispánicas utilizaban una medida específica que ascendía a 3,34 x 10n, medida a la que Scholten denominó "Unidad Americana".
2. Utilizaron también un módulo de 7 y 8.
3. Finalmente, también emplearon, de forma preferencial, la diagonal, tanto de cuadrados como de rectángulos con lados de 7 y 8. Debemos destacar que "diagonal" en quechua es "chekhalluwa", palabra que significa "verdad", porque para el quechua la diagonal es la línea verdadera. (Consigno aquí, imposible detallar por falta de espacio, que con diagonales se pueden unir -mediante la "Unidad Americana" y formando una sola recta- los lugares sagrados de la ruta de Wiracocha.)


"En Chavín, al igual que en Tiahuanaco -nos dice María Scholten- los diseñadores han utilizado la diagonal como punto de partida de todas las medidas en cuanto a la arquitectura. Y principalmente, también en el arte lítico, de tal manera, que han comenzado su diseño con el trazo de un rectángulo con lados de 7 y 8 unidades americanas de 3,34 metros. En tal rectángulo de 7 x 3,34 =23,38 metros y de 8 x 3,34 =26,72 metros como lados, la diagonal tiene 35,50 metros de longitud (10,63 x 3,34). Esta medida de 35,50 metros es la medida clave utilizada por los arquitectos de Chavín. Una medida que que parece haber sido una suerte de código secreto solamente comprensible para los entendidos en matemáticas."


Queda claro, por tanto, que las civilizaciones prehispánicas conocieron y utilizaron una medida de alta cultura matemática. Esto es algo que María Scholten nos muestra en sus complejos estudios de las ruinas de Tiahuanaco y Chavín.


Ante eso, si tenemos en cuenta que los arqueólogos dotan a Chavín de una antigüedad superior a cualquier otra cultura precolombina, se hace evidente que en América, la cultura Chavín fue la primera -por lo menos entre las conocidas- que utilizó esos altos conocimientos y los legó a otras culturas.
Pero, ¿fue la cultura Chavín una simple cultura americana?

¿UNA MISMA CULTURA EN TODO EL MUNDO ANTIGUO?


Federico Kauffman, restaurador de Chavín, ha admitido no sólo que este nombre representa a la cultura matriz de América -puesto que Tiahuanaco, unos 1.000 años posterior, copia su iconografía-, sino que, asimismo, existen sorprendentes rasgos comunes en todas las culturas precolombinas.

De hecho, la arqueología oficial admite ya la analogía de las estelas de culturas mexicanas -como la de los olmecas de Las Ventas, la de los toltecas de Tula y la de los zapotecas de Monte Albán- con la lítica de la cultura de Chavín; una lítica con jaguares y dioses emplumados que expresan un mismo mensaje.
Pero lo sorprendente no son esas analogías dentro de las culturas de un mismo continente, sino que esas culturas precolombinas, cuya matriz fue Chavín, muestran también amplias y profundas analogías con las iconografías de las más antiguas civilizaciones del Viejo Mundo: Súmer, Creta, Antiguo Egipto, China, India prearia... Hubo, por tanto, una cultura matriz universal, o unos mismos instructores llegados del espacio, si aceptamos las crónicas de Beroso, la tradición dogon y los mitos de todas las antiguas culturas. En todo caso, sí cabe aceptar -cualquiera fuera su origen- que todo el mundo antiguo se nutrió de una misma cultura matriz. Y que civilizaciones ya más cercanas a la nuestra cogieron o recibieron sus conocimientos de esa cultura matriz universal. Lo que en la cultura matriz -¿matriz o también heredada?- fue conocimiento, con el tiempo, perdidas ya las claves, se fue convirtiendo en superstición, en ritos sin contenido.
Pero, ¿qué relación puede haber entre el templo de Cnossos y los grabados de la Puerta del Sol de Tiahuanaco? ¿Qué similitud puede encontrarse entre la mítica gorgona y el emplumado Quetzacoatl?


Estas preguntas -que a veces no son sino respuestas despectivas- podían aceptarse hasta ahora porque ningún vestigio arqueológico americano contenía un mensaje en el que "leer". Pero Chavín sí tiene un mensaje y su "lectura" es tan clara como sorprendente. Por eso, ahora sí se puede afirmar que en el alba de nuestra Historia hubo una cultura que no sólo se extendió por toda la Tierra -a la que dominó-, sino que su religión, sorprendentemente profunda y trascendente, todavía está viva entre nosotros, porque nos ha sido revelada una y otra vez y está dentro de nosotros. Ella es la única que puede elevarnos a la dignidad de hombre con Conciencia Planetaria.
"En los Vedanta -ha escrito Aldous Huxley-, en los profetas hebreos, en el Tao Teh King, en los diálogos platónicos, en el Evangelio según San Juan, en la teología Mahayana, en Plotinio y en el Aeropagita, en los Sufitas persas, en los místicos cristianos de la Edad Media y del Renacimiento, la Filosofía Perenne ha hablado casi todas las lenguas de Asia y Europa (¿por qué se olvidó Huxley de América?) y se ha servido de la terminología y de las tradiciones de cada una de las religiones más elevadas. Mas por debajo de toda esta confusión de lenguas y mitos, de historias locales y doctrinas particularistas, queda un factor común más elevado que constituye la Filosofía Perenne en lo que pudiera llamarse su estado químicamente puro."

PIRÁMIDES PARA ESCALAR EL CIELO


La Torre de Babel (Puerta del Cielo) con sus siete pisos era una reproducción de los siete cielos (sol, luna y los cinco planetas entonces conocidos) que había que escalar para llegar al cielo del dios Marduck. Era un rito de ciencia analógica (arriba es como abajo, lo visible es como lo invisible) que posibilitaba la conversión del Hombre terrestre (dual) en Hombre cósmico, en Hombre divino, sin opuestos. Y esto se plasmaba en la puerta de todos los templos, donde se erguían vigilantes los alados querubines, símbolo de la armonización de los contrarios.
Es la más antigua de las religiones. Surgió con el Hombre, porque éste, al adquirir capacidad humana, al comer el fruto del conocimiento, al tomar consciencia de su propia consciencia, se hizo inevitablemente dicotómico. Lo que era uno se convirtió en dual. Y así generó los conceptos de bien y de mal. Por eso, escindida la unidad andrógina, tuvo que ser arrojado del Paraíso divino de la Unicidad. Por eso un querubín, símbolo de la armonización de los contrarios, guarda el Paraíso con su espada flamígera, precisamente flamígera.
Desde entonces, el Hombre camina errante. Desde entonces, multitud de Caínes asesinan a sus hermanos. Porque desde entonces, y por causa de entonces, hay siempre ya un bueno y un malo. Y desde entonces, el Hombre intenta unir los opuestos, hacerse uno con Dios por encima del bien y del mal, por encima de esas dos apariencias-realidad.
Jacob alcanzó la armonización en sueños, subiendo la escalera de setenta y dos peldaños que llegaba al cielo. Los egipcios tuvieron que recurrir a la iniciación. Recuérdese que en la grafía jeroglífica una de las acepciones de la palabra pirámide era "la escalera". Y según las invocaciones egipcias era precisamente Osiris, quien estaba "en lo alto de la escalera". Todas las pirámides son escaleras. Unas de siete pisos, como los ziggurats de Babilonia y las estructuras de Tajín en México. Y de nueve y doce otras, como las pirámides mayas y toltecas.
"Y sabían los toltecas -nos dice fray Bernardino de Sahagún- que muchos son los cielos. Decían que son doce divisiones superpuestas. Allí vive el verdadero Dios y su comparte. El dios celeste se llama señor de la dualidad. Y su comparte se llama Señora de la dualidad, Señora celeste. Esto quiere decir: sobre los doce cielos es rey, es señor."
Y ese rey, ese señor, cuyo nombre era Ometeotl, tenía su Cristo en Quetzacoatl. Un personaje real o simbólico que, en todo caso, había alcanzado la unión de los contrarios. De ahí que su iconografía fuera la de la serpiente (Hombre-tierra) emplumada, hecha ave (hecha Hombre-celeste). Es el mito eterno, el mito siempre presente. Y no importa época ni cultura. En la mitología griega está especialmente representado por las tres gorgo (gorgonas), monstruos con cabeza coronada de serpientes, colmillos de jabalí, manos de bronce y alas de oro, cuya mirada era tan feroz que transformaba en piedra a quienes osaban mirarlas sin haber alcanzado la fuerza de un Poseidón. Y así era, porque las gorgonas respetaban el símbolo de la fusión de los contrarios. Son, según Frobenius, "el equivalente a jaguar y águila, a serpiente y pájaro, a horror y belleza. Y, por ello, mata al mortal que las contempla, porque exceden las posibilidades de comprensión de todo mortal que se encuentra todavía fragmentado en la confusión de la dualidad".

EL CAMINO DE LOS DIOSES


En Chavín, como en Teotihuacan ("el lugar donde se hacen dioses"), los hierofantes sabían que para acceder a la gorgona (para vencer la dualidad) hay que seguir el camino de los dioses, ese camino que conocieron nuestros místicos y que se resume en los cuatro movimientos de Quetzacoatl: la marcha a partir de la caída, el combate con las fuerzas enemigas (que están en nuestro interior), el descenso a los infiernos y la liberación final.
No es de extrañar, por tanto, que en Chavín se encuentren los mismos elementos arquitectónicos que en casi todo santuario antiguo de curación e iniciación. Así, la piscina rectangular hundida en la que se efectuaban las inmersiones para curar enfermedades del cuerpo. Y también la piscina circular, mandálica, símbolo de la armonía psíquica, lugar donde se armonizaban la desarmonía interna y la escisión de los contenidos anímicos y, donde se efectuaba la inmersión espiritual, el bautismo de los neófitos que iban a ser iniciados.
Tras contemplar las piscinas, con su perfecta geometría y la sorprendente iconografía de su lítica, conducido por Tiberio Petro-León, que ha permanecido varios años investigando en Chavín, crucé las dos columnas que llevan al interior del edificio-pirámide principal. Eran las columnas Jakin y Bohaz, pertenecientes al templo de Salomón. Y en la superficie de esas dos columnas, hallé figuras aladas análogas a las que ornan el dintel de la Puerta del Sol de Tiahuanaco y equivalentes al toro alado de Súmer, al dragón guardián de las puertas o del umbral en China, y a la esfinge egipcia. Era el guardián que debía ser vencido para cruzar la puerta, el enemigo interno que hay que vencer. Porque todo templo externo es sólo una proyección del auténtico templo que está en nosotros.
Sobre las columnas, en el dintel de la puerta, siete aves (¿águilas?) a un lado y siete en el otro. Y al final, en cada una de esas dos hileras, una octava ave que mira en dirección contraria y que representa la octava de toda escala armónica, el giro helicoidal que inicia una dimensión superior. Así, el templo de la divinidad sobre los siete peldaños de un ziggurat, también los siete colores que se funden en el blanco, lo mismo que los siete chakras por los que la kundalini asciende a la unicidad. Y esto se hace especialmente claro en Chavín porque allí, uno de los lados del dintel es negro y el otro blanco, y porque alli también, los escalones que ascienden a los lugares iniciáticos están formados por siete peldaños de dos colores cada uno: negro en una mitad y blanco en la otra. El octavo peldaño es siempre blanco, enteramente blanco, como la luz; una simbología que se repite constantemente -lo que es más significativo- que se encuentra en un recinto monumental sagrado enmarcado por dos cordilleras: la cordillera negra y la cordillera blanca.


Esparcidas, desclavadas de los muros vi también multitud de cabezas clavas, esas cabezas humanas con rasgos animalescos coronadas, casi todas ellas, por una protuberancia craneal; la misma protuberancia que acompaña las efigies de todo Buda, de todo aquel que ha alcanzado la armonización de los contrarios, la fusión con la Totalidad, la Iluminación. Porque esa protuberancia es privativa de quien ha logrado que su kundalini (serpiente ígnea), dormida en el primer chakra, en el chakra básico de la energía genésica, sexual, despierte y ascienda por los restantes, vivificándolos, hasta alcanzar el séptimo chakra, el chakra coronario, transmutando así la energía sexual en energía espiritual, convirtiendo al Hombre terrestre en Hombre celeste. Este concepto que se creía exclusivo de la doctrina yóguica de los vedas, está allí, en el peruano Chavín. Lo que, por otro lado, no debe extrañar porque se encuentra también en muchas de las efigies de Quetzacoatl y Kukulkán. Y puesto que sabemos que esos nombres eran los de la divinidad, pero también los de sus máximos sacerdotes, ¿por qué no deducir que en las culturas prehispánicas, al igual que en otras del Viejo Mundo, quienes alcanzaban la iniciación -y con ella la Iluminación- pasaban a convertirse en divinidad, en hijos de Dios y, por tanto, a ser representados también bajo la forma de la divinidad?

EL INQUIETANTE LANZÓN


Muchos arqueólogos están de acuerdo en afirmar que el complejo arquitectónico de Chavín tiene su centro y clave en El Lanzón.
El Lanzón es un monolito de granito rosa de casi cinco metros de altura que se yergue en la confluencia de dos galerías que tienen forma de cruz latina.
El Lanzón, por tanto, se encuentra en un cruce, símbolo de la inversión. Lo que era terreno se hace celeste; la dualidad se convierte en Unicidad. El Lanzón, como Cristo, muere en la dualidad (brazos de la cruz) para alcanzar la Gloria, el tercer brazo espiritual y formar así la trinidad. En Cristo, la Gloria, la adquisición del chakra coronario, es la corona de espinas: la Gloria por el sacrificio expiatorio, la asunción de la oscuridad del mundo. Y su cruz papal (la de tres brazos, la de los tres poderes, la del nacimiento de una vida superior) es la que forman los dos ladrones (el ladrón bueno y el malo, símbolo de la dualidad) y su propia cruz. Y así, dejando las otras dos cruces en la Tierra, en nuestra Tierra dual, pudo reintegrarse Cristo en la Unicidad.
En El Lanzón, la corona es un chakra coronario sumamente desarrollado; un chakra que asciende hasta el piso superior -nuevo nivel de la elevación evolutiva-, donde se encuentra una cruz papal formada por tres corredores. Y para que nada falte, también la cruz latina, en cuyo eje se encuentra El Lanzón, tiene en su base, a uno y otro lado, dos prominencias que simbolizan la dualidad.
Para llegar hasta El Lanzón hay que recorrer un largo corredor laberíntico que se estrecha al final. En ese estrecho corredor, un dintel que baja del techo obliga a inclinar la cabeza. Es el dintel de la Puerta de la Humillación de los antiguos templos. Y humillado ya, obligado a saludar con una reverente inclinación, al dar la vuelta a un recodo, ante mí, casi de bruces, El Lanzón.
Por un momento, a la débil luz de una sucia bombilla, me detuve; temí ser fulminado por su mirada de ojos excéntricos de ave que ha ascendido a un cielo de andróginos. Era la mirada de la gorgona, la terrible mirada de la divinidad.
Y yo allí, en el eje de la más antigua de las cruces, no pude evitar el impulso de mi curiosidad. Acaricié los relieves de la imagen de esa inquietante gorgona, recorrí con ojos y manos sus serpientes y colmillos, sus chakras y collarines, su pétrea piel de jaguar venusiano, su dualidad asumida y trascendida... Pero mis ojos y manos eran sólo las de un entomólogo. Palpé y clasifiqué. Y yo quería sentir. Pero ¿cómo? ¿Cómo alcanzar el estado modificado de conciencia, el estado regresivo que me permitiera transmutarme?
Sorprendentemente, también eso puede "leerse" en Chavín.

EL PODER ÓRFICO DEL SONIDO


El conjunto arquitectónico de Chavín se encuentra a media altura entre el río Wacheksa y el río Mosna, lo que le permite utilizar el primero para proveerse abundantemente de agua y servirse del segundo para verterla.
Pero esto, que sería un sistema lógico de abastecimiento de agua, deja de ser lógico cuando se comprueba que al llegar al subsuelo de la estructura piramidal de Chavín, se bifurcan en una complicada red de conductos de distintos tamaños que, a su vez, muestran también caídas de distintas alturas formadas por deslizamientos escalonados. Hay que añadir que esos canales subterráneos poseen chimeneas que terminan en las celdas de las galerías interiores. Así pues, el agua se pierde de un río a otro sin otro aprovechamiento apreciable que escuchar su caída por los conductos. Una caída, con su sonido, que puede ser regulada mediante compuertas.
En 1976, Luis Lumbreras, Chacho González y Bernard Lietaer llagaron a la conclusión, tras un estudio muy apreciable, de que "el sitio de Chavín fue escogido racionalmente por gente dotada de un alto nivel de conocimientos técnicos, como para haber conocido los principios de los vasos comunicantes en hidráulica y de resonancia en acústica". Añadiendo, tras una prueba con resultados positivos, en la que utilizaron uno de los conductos del propio Chavín, que "si las frecuencias utilizadas por los sacerdotes son todas las mismas, la pirámide produciría un rugido continuo muy potente, dado que las resonancias se amplificarían de sala en sala".
Esta conclusión apoya la opinión oficialmente extendida de que los sacerdotes de Chavín utilizaban sonidos para proferir sus oráculos a las multitudes. Para esos estudiosos casi todo se reducía a una religión que intentaba impresionar y dominar mediante sonoros oráculos y terribles imágenes, como El Lanzon.


Pero Lumbreras, González y Lietaer -y también el propio Tiberio Petro-León- habían observado, además, que "si esas frecuencias son diferentes, pero relativamente vecinas, el control de los tubos de conexión permitiría modular el sonido". Y eso fue lo que Petro-León me mostró llevándome por corredores y tubos de aireación. Estudié, incluso, algunas de las escaleras por las que caía el agua en tiempos de los sacerdotes de Chavín. Y ese recorrido fue para mí una revelación, porque yo, que llevo años induciendo estados modificados de conciencia por métodos verbales y mediante sonidos, sabia que a cada frecuencia -nota musical, mantra, etc- corresponde un estado de conciencia. Además, Petro-León me llevó a la piscina hundida, a una estela en la que el grabado mostraba algo parecido al brazo de un Sampedro de cuatro filos.
Aclaro que el Sampedro es un cactus alucinógeno que abunda en la zona de Chavín. Sólo que en los últimos decenios nadie ha encontrado uno de cuatro filos, del que dicen los curanderos que es el más enérgico y el único capaz de curar todas las enfermedades.
Naturalmente, la hipótesis -en la que Petro-León ha estado trabajando en el propio Chavín- es que en ese centro ceremonial, al igual que en tantos otros de la Antigüedad, y de forma especial en los de Esculapio, en Grecia, las curaciones se efectuaban provocando estados modificados de conciencia mediante alucinógenos y un perfecto conocimiento del sonido.
Pero lo más importante es que esta hipótesis incluye que las iniciaciones se efectuaban mediante esas mismas resonancias. Es la ciencia órfica del sonido, capaz de provocar un estado de conciencia mística, en el que la dualidad se hace Unicidad, en el que el Hombre terrestre se convierte en Hombre con Conciencia Planetaria.


Este es el gran secreto de Chavín. El secreto de una cultura universal integradora que utilizó el sonido para elevar la vibración de la vida.

Por: Joaquín GRAU