El Oráculo de Delfos

Delfos fue el más famoso de cuantos oráculos han existido. Consagrado primero a la serpiente Pitón y luego a Apolo, a él acudieron reyes y poderosos. Delfos fue, en definitiva, uno de los más importantes centros de religiosidad del mundo antiguo.

Afirma la leyenda que Zeus cogió dos águilas y situó cada una de ellas en uno de los extremos del mundo. Después les dio la orden de encontrarse a medio camino. Se trataba de conocer cuál era el centro de nuestro mundo, el ónfalos (ombligo) de la Tierra. Y las dos águilas se encontraron al pie del monte Parnaso, y en ese lugar especialmente sagrado fue erigido el Oráculo de Delfos. Un lugar que, con ser considerado el ombligo del mundo, es hoy, no obstante, sumamente accesible puesto que se encuentra a poco más de 150 kilómetros de Atenas. Y, además, esos pocos kilómetros son fáciles de recorrer porque transcurren por una amplia autopista. Asimismo, a Delfos se puede acceder por mar, utilizando las dos líneas de transbordadores que cruzan el golfo de Itea.

LA SERPIENTE PITÓN

Dice la leyenda que en un tiempo casi inmemorial un terremoto abrió una grieta en el suelo de lo que luego sería Delfos. Y que de esa grieta emanaba un misterioso vapor. Fue un pastor, se dice también, quien advirtió ese fenómeno al contemplar a sus cabras como ebrias junto a la fisura telúrica. Y lo contó a otros pastores. Y éstos comprobaron también que aquellos vapores eran como un licor sagrado que afinaba la mente. Y así fue como, ya en el siglo XIV antes de Jesucristo, se erigió allí un santuario en el que se adoraba a Gaia, la diosa Madre Tierra, y también a su hija, la serpiente Pitón. De ahí que la sacerdotisa del Templo, la que ya entonces profería los oráculos, fuera llamada pitonisa.
Afirman también las leyendas que, siglos después, los cretenses consagraron el Oráculo a Poseidón. Pero no fue Poseidón sino Apolo quien, definitivamente, se adueñó del lugar.
Apolo llegó a Delfos conducido por un delfín -de ahí el nombre de Delfos- y al llegar se convirtió en un apuesto mancebo cuyo nombre pasó a ser Apolo Delfinios. Y, de acuerdo ya con un himno homérico del siglo VII a.C., al llegar a Delfos, Apolo mató a Pitón, la serpiente, para vengar a Leto, su madre, que había sido, a su vez, asesinada por la serpiente Pitón. Toda una alegoría del paso de un culto terrestre (la serpiente) a otro solar (Apolo), del paso de los dioses subterráneos, sumergidos en las tinieblas del Hades, a los dioses solares, habitantes de las luminosas cumbres.
Apolo se estableció en Delfos, a la sombra del elevado Parnaso (2.457 metros de altitud) desde donde las musas añadieron inspirado arte solar a los presagios turbios que seguían surgiendo del subsuelo de Delfos.
Con Apolo -y desde el siglo VI a.C.- Delfos pasó a ser el auténtico ombligo del mundo antiguo. El santuario era administrado por una asamblea bienal del Colegio Anfictiónico, integrado por representantes de las doce provincias de Grecia continental. Profetas, adivinos y los habitantes de la ciudad, todos, vivían del Oráculo. Ningún poderoso de Grecia, ni tampoco de Asia Menor, se atrevía a emprender acción alguna sin antes haber consultado a Apolo. También Alejandro Magno se sometió a los oráculos de la pitonisa. Desde Creso, el rey de Lidia, hasta Constantino el Grande. No es de extrañar, por tanto, que el tesoro del Santuario fuera superior al tesoro de todas las provincias griegas.
Pero, tras el apogeo del siglo VI a.C., poco a poco, debilitado por las guerras médicas, invadido por los galos y saqueado por los romanos, el Santuario fue dejando de ser ombligo del mundo. Y los juegos píticos, que se celebraban cada cuatro años, fueron desapareciendo abandonados por las musas. Y la pitonisa ya no aconsejaba a poderosos. Las preguntas no eran ya si voy o no a conquistar un nuevo reino, sino simples consultas domésticas, pequeñas consultas de aldeanos que deseaban saber de cosechas que se dañan y de quesos que se agrian. Y ese ya doméstico oráculo dejó prácticamente de existir bajo el dominio del emperador cristiano Teodosio.

EL RECINTO ARQUEOLÓGICO


El recinto sagrado de Delfos debió ser tan impresionante que aún ahora, milenios después de su época de esplendor, Delfos nos sigue llenando de estupor. Y si bien es cierto que el ombligo de Delfos -ombligo del ombligo del mundo- es impresionante aun hoy, el santuario de Apolo no lo es menos, ya que a ese templo debemos unir los no menos valiosos Teatro y Estadio. Así como el Pórtico de los Atenienses, los llamados Tesoros, el Buleuterión (sede del senado délfico) y otros muchos edificios públicos y sagrados que flanquean la Vía Sacra. Pero Delfos es hoy también -y lo es de forma especial- su museo, que guarda piezas tan excepcionales como El Auriga, La Columna de Danzantes y uno de los ónfalos.

LAS CONSULTAS AL ORÁCULO


Con anterioridad al siglo VI a.C. sólo se consultaba al Oráculo una vez al año. Posteriormente las consultas pasaron a ser todos los meses, exactamente el día 7 de cada mes, a excepción de los tres meses de invierno, tiempo en el que Apolo dejaba el Santuario y cedía el culto a Dionisos.
Los primeros días de cada mes, la pitonisa permanecía encerrada en una cueva cercana al Santuario -esa cueva permanece ahora cerrada- y sólo salía de ella al alba del día séptimo, día de la ceremonia. Ese día, al alba, la pitonisa se dirigía a la Fuente Castalia -que ahora apaga la sed de los turistas y también, como no, la de los radiadores de los coches- y, tras purificarse con esa agua, que procede de la montaña Parnaso, era sometida a fumigaciones de hojas de laurel, planta sagrada que masticaba también en el momento de proferir los oráculos.
Pero antes de iniciar la ceremonia de los oráculos era preciso saber si Apolo estaba o no dispuesto a atender a los consultantes. Y eso suponía -en los primeros tiempos- que antes había que sacrificar una cabra. Y sólo si este animal se estremecía con fuertes convulsiones en el momento de ser sacrificado se entendía que el dios accedía a hablar por boca de la pitonisa.
Si así era, si Apolo accedía a recibir a los consultantes, éstos -que se habían sometido a ritos purificadores- bebían también el agua de la Fuente de Castalia e iniciaban luego el recorrido de la Vía Sacra, camino del Santuario de Apolo.

LAS SIETE SABIDURÍAS


El recorrido de la Vía Sacra era un camino de iniciación. Así, ese camino se recorría meditando las "siete sabidurías", que eran siete aforismos relacionado cada uno de ellos con una divinidad planetaria. Esos siete aforismos eran:


1. CONÓCETE A TI MISMO: Este aforismo referido a Apolo, dios solar, dios de la Luz, se completaba con la explicación de que quien se conoce en profundidad conoce a los dioses, porque Dios, en este caso Apolo, la Luz, habita dentro de nosotros.
2. TODO FLUYE: Este aforismo, referido a una deidad lunar como pudo ser Artemisa, hermana gemela de Apolo, tenía su explicación en la constante mudanza del alma. Todo está en evolución, todo va y viene, nada se detiene, todo es continuo cambio.
3. APROVECHA EL TIEMPO: Este aforismo referido a Hermes (Mercurio) inducía a considerar que el tiempo es el más valioso de cuantos bienes tiene el humano. Porque el tiempo de una vida es escaso y mucho el trabajo a realizar.
4. TODO ES VANIDAD: Este aforismo referido a Afrodita (Venus) mueve a considerar el carácter egocéntrico de todos nuestros actos. No importa lo que hagamos, ya sea amar, sacrificarnos o pretender ayudar a los demás, todo tiende a surgir de nuestro propio ego. Y eso es algo que debemos vencer, si bien vencerlo requiere una gran dosis de energía.
5. ROMPE LA ACCIÓN CON PAUSAS: Este aforismo referido a Aries (Marte) llevaba a la comprensión de que toda acción, todo ímpetu, debe tener sus pausas, su descanso. Sólo así toda acción no sólo llegará al fin propuesto, sin desviarse, sino que también se nutrirá con esas pausas destinadas al ocio, a las artes, a la oración. Sólo si transcurre así, con pausas, la acción será creativa y el esfuerzo no se perderá en el laberinto de las muchas metas.
6. NADA CON EXCESO: Este aforismo referido a Zeus (Júpiter) tenía su sentido básico en que nada debe poseerse con exceso. E iba especialmente dirigido a los poderosos de la Tierra que, ante el Oráculo, solían pedir más dominios, más poder, más riquezas. En definitiva, se trataba de atemperar el deseo humano de alcanzar la cima máxima de ambición: la de ser como los dioses. O, en nuestra cultura, de creer que somos Dios.
7. NADIE PUEDE ESCAPAR A LA FUERZA DEL DESTINO: Este aforismo referido a Cronos (Saturno) no significaba que tenemos nuestro destino personal escrito de antemano, con esa precisión que predican los deterministas, sino que debemos realizar aquello que nos ha sido impuesto, pero el cómo realizar ese destino es algo que se nos deja a nosotros.

¿ADIVINABA LA PITONISA?

Decían los sacerdotes de Delfos que todo consultante que hubiera hallado la adecuada respuesta a cada una de las "siete sabidurías" podía ahorrarse la consulta puesto que toda respuesta estaba ya en su corazón y en su mente. Pero no parece debían ser muchas las personas que encontraban las adecuadas respuestas puesto, se dice, eran casi inexistentes los consultantes que se retiraban antes de llegar al Adyton, sala de espera contigua a la de las predicciones.
Y el consultante, finalmente, dejaba el Adyton para avanzar hasta el centro de todos los centros sagrados, hasta el lugar donde se encontraba la pitonisa rodeada de sacerdotes. La pitonisa recibía al consultante sentada sobre un trípode de madera de laurel. Un trípode cuyas patas simbolizaban el pasado, el presente y el futuro y su significado hermético era sumamente profundo: "Sin aceptar el pasado, sin conocer el presente, ningún futuro puede construirse".
Y desde lo alto del trípode, sobre la fisura telúrica de la que surgía el vapor psicodélico, masticando hojas de laurel, la pitonisa, convulsa y con voz entrecortada, profería sus oscuros presagios.
Los sacerdotes tomaban nota de cuanto decía la pitonisa, le daban luego un sentido más comprensible y lo entregaban, finalmente, a los consultantes. Una de las más famosas predicciones del Oráculo fue el asesinato de
Filipo de Macedonia poco antes de que éste invadiera Persia. Pero casi siempre las predicciones eran ambiguas, aunque de una ambigüedad sumamente inteligente. Así, cuando Creso preguntó por el resultado de la campaña que estaba preparando contra Persia, el Oráculo respondió que el resultado sería la destrucción de un gran reino. Con lo que nadie puede decir que no fue acertada, aun cuando el gran reino que pereció no fue el persa, sino el del propio Creso.
Indudablemente nadie pretende que todas las predicciones se cumplieran al pie de la letra, pero, ¿fueron todas ellas, o casi todas como algunos pretenden, simples ambigüedades?
Si consideramos el enorme prestigio de Delfos, tan alto que atraía a miles de consultantes -tantos que se realizaba un previo sorteo porque era imposible atender a todos- deberíamos decir que, por lo menos, las respuestas eran inteligentes y resultaban útiles. El mismo Aristóteles, refiriéndose a los oráculos de Delfos, escribió: "Es difícil de creer, pero aún más difícil de desmentir".
En todo caso, del Oráculo de Delfos sí puede decirse que su última predicción fue totalmente acertada porque cuando el emperador Julián el Apóstata, en el siglo IV d.C., mandó a un emisario para consultar el Oráculo, la pitonisa se limitó a manifestar: "Decid al Emperador que este bello edificio será derruido, que Apolo nunca más tendrá un lugar ni un laurel proféticos, y en silencio quedará el agua que murmura".
Así profetizó el Oráculo su propia extinción. Y, en efecto, tras Julián el Apóstata, ultimo emperador pagano, llegado ya el cristianismo, Apolo calló y, desde entonces, nadie ha vuelto a oír su voz en Delfos.

Por: Joaquín GRAU