¿Padecemos enfermedades, miedos y fobias cuya causa está en vidas anteriores?

Está sumamente extendida la creencia de que casi todas -por no decir todas- las enfermedades que padecemos, especialmente las consideradas de origen psíquico, tienen su causa en hechos acaecidos en nuestras vidas anteriores.


Esto se debe a que en estado regresivo -casi siempre bajo hipnosis profunda- los pacientes, a requerimiento del terapeuta e inducidos por éste, narran historias que sitúan en vidas pasadas. Y así, se da por hecho, por un lado, que la reencarnación con su correspondiente karma es algo evidente; en segundo lugar, que toda terapia regresiva tiene que ser básicamente reencarnacionista; en tercer lugar, poco menos que toda enfermedad es causa de un hecho ocurrido en una vida pasada; en cuarto, que encontrada esa causa acaecida en una vida anterior, el enfermo ha resuelto su dolencia; y en quinto y último lugar, para no seguir alargando esta enumeración, que esa causa es tan fácil de encontrar en estado regresivo que bastan una o dos sesiones para lograrlo.

No es de extrañar, por tanto, que la bibliografía en torno a la terapia regresiva esté llena de frases como éstas: "Tenía problemas con la garganta porque fui ahorcada en una vida anterior". "Ahora sé que mis dolores de cabeza tuvieron su origen en que en una vida anterior me golpearon fuertemente en la cabeza y me violaron". "Yo fui un asesino en varias vidas anteriores, así que es lógico que ahora tenga una vida de sufrimiento".


En el Tratado Teórico-Práctico de Anatheóresis explico ya que nadie, hasta ahora, ha podido probar de forma incuestionable la existencia real de vidas anteriores, así como afirmo también que, existan o no, las vidas anteriores obtenidas en estado regresivo son sólo proyecciones analógicas de los daños que les han afligido y enfermado en esta vida. Las emociones que el paciente proyecta, por tanto, son ciertas, pero no la narración, que es simbólica. Si bien el simbolismo con que se expresan esas llamadas vidas anteriores es tan cercano a la verbalización fonética que un investigador poco crítico -y no digamos ya los muchos terapeutas regresistas improvisados existentes- consideran auténticas vidas anteriores. Si el lector acude a mi Tratado Teórico-Práctico de Anatheóresis, encontrará en sus páginas no sólo una información más matizada, sino también extractos de regresiones a vidas anteriores que prueban cuanto afirmo.

LOS PELIGROS DE UNA TERAPIA REENCARNACIONISTA


Las enfermedades que nos afligen nada indica, por tanto, que procedan de daños originados en vidas anteriores. Y sí en cambio se hace evidente que todas nuestras enfermedades tienen sus raíces en el claustro materno en el periodo de gestación, en el proceso del nacimiento y en la infancia hasta los siete a doce años, que es la edad en la que los ritmos beta -o de vigilia- están ya maduros y, en consecuencia, podemos discernir. O, si se prefiere, podemos razonar adecuadamente.
Puesto que no es el tema de este artículo, me abstengo de adentrarme aquí en la explicación de por qué los daños que nos enferman tienen su causa en esta vida, y que, por tanto, deben ser resueltos llevando al paciente a esos periodos fetales y de infancia de su vida actual.
Pero sí creo es aquí, en este artículo, donde debo exponer, aunque muy resumidamente, los peligros a que puede llevar una terapia regresiva totalmente basada en la creencia en vidas anteriores. Y para que no se me tache de partidista, reproduzco las opiniones de Harald Wiesendanger, doctor en Filosofía, Psicología y Sociología que se muestra proclive a creer en la existencia de vidas anteriores. Pero aún así:
Tras mencionar una regresión terapéutica -bajo hipnosis profunda- a vidas anteriores en la que el paciente afirmó haber violado en una anterior existencia a su doncella, a la que luego mató, Wiesendanger explica que ese paciente, inducido por la credulidad del terapeuta, que no dudó en dar por ciertos esos hechos, acabó en una terrible depresión. Historia ésta con la que -junto a otras- Wiesendanger ilustra su denuncia de unos terapeutas que, por basarse en una creencia, suelen dar por válida cualquier explicación que, referida a vidas anteriores, surja de la boca del paciente.
Wiesendanger indica también que las regresiones a vidas pasadas están degenerando en una psicomoda que aporta nuevas emociones a los neuróticos aburridos de las ciudades populosas. Y así, no es de extrañar que haya pseudoterapeutas que están dispuestos a nutrir de excitantes vidas anteriores a sus pacientes.
Y, entre otras acusaciones, Wiesendanger indica que ese desplazamiento del yo real al yo de una vida anterior puede debilitar nuestra personalidad actual. A lo que yo añadiría que una mala terapia regresiva no sólo puede debilitar el yo real, sino que puede incluso sustituirlo por un yo ficticio, pero que nos prestigia. Es el caso de quien va a las terapias regresivas para reafirmar su procedencia extraterrestre o para comprobar -y naturalmente lo comprueba si el terapeuta es tan crédulo como el paciente- que un día fue Moisés y que ha vuelto a esta vida para cumplir trascendentes misiones.
En todo caso, un hecho es cierto: salvo que el terapeuta vaya condicionado por sus creencias reencarnacionistas, en todos los casos se observa -en estado regresivo- que las raíces más profundas de nuestras enfermedades se encuentran en el claustro materno, en los daños al nacer o en la infancia. Es más, una terapia puramente reencarnista de una o dos sesiones no resuelve un estado patológico. A lo sumo, actúa como un analgésico al desplazar el daño a una vida anterior. A alguien que, siendo nosotros, no obstante ya no lo es.
Así que, termino afirmando que no sé -nadie sabe- a ciencia cierta si vivimos o no otras vidas. Y aquí añado que, aun cuando las hubiera, no sólo no son necesarias para una terapia regresiva, sino que, por el contrario, la entorpecen y deterioran.
Estamos aquí, en esta vida. Y es aquí, en esta vida, donde vivimos nuestro sufrimiento. No intentemos huir de él buscando razones en un pasado que, aun cuando existiera, ha perdido ya los latidos de su corazón. Sigamos aquí, en esta vida, luchando por enriquecerla con la fuerza de un corazón todavía palpitante.

 

Por: Joaquín GRAU