La importancia terapéutica del sentido ecológico de la vida

Una vez más voy a referirme a los aucas, esa etnia amazónica cuya cultura pertenece al paleolítico. He escrito pertenece cuando debería decir pertenecía puesto que nuestra cultura llamada civilizada ha acabado casi totalmente con ellos. Para más datos en torno a sus costumbres y a las experiencias que viví en el tiempo que conviví con ellos véase mi libro Mi vida con los Aucas.

La comunicación auca-selva es de un perfecto equilibrio ecológico. Hasta el punto de que los aucas nunca cazan una pieza, una sola pieza más de las que necesitan para alimentarse unos días. Entienden que la selva les da los animales que necesitan. Pero ni uno más. Y si cazan por encima de sus necesidades creen que están matando animales que la selva no les ha dado, que no estaban destinados a ellos. Si eso ocurre, los aucas saben que la selva les castigará. Y, en efecto, así es, porque el castigo, el terrible castigo, sería la rápida extinción de la caza.

La selva tiene sus normas y las dicta. Y los aucas saben que esas normas son justas y sabias. Por eso no se han hecho agricultores. Inconscientemente comprenden que su supervivencia sólo puede asegurarla una comunicación plenamente ecológica. Nosotros, en cambio, que nos hemos empeñado en que el medio se ajuste a nosotros, estamos implantando la agricultura en la selva. Quemamos grandes espacios, preparamos la tierra y sembramos. Dos años después esa zona de roza ha pasado a ser yermo estéril totalmente irrecuperable. Y ha provocado, además, el alejamiento o la extinción de la caza.


Gracias a su sentido ecológico, los aucas han podido sobrevivir en el sentido más jubiloso de esa palabra. Porque la selva -esa madre pródiga y complaciente- ha hecho libres a los aucas. Hasta el punto de que no están sometidos a nadie. Ni siquiera a ellos mismos. Como he escrito ya, los aucas -también las mujeres aucas- trabajan cuando quieren, como quieren, cuanto tiempo quieren..., si quieren. Y parece que no quieren, porque su sociedad es la sociedad del ocio que nosotros soñamos. Los aucas, por no haberse impuesto a la selva, por no haber cortado el cordón umbilical que les une a ella, por escuchar la información que de ella les llega y por haber establecido una comunicación armónica, saludable, con el medio, hoy pueden gozar del privilegio de sentir la plenitud del hombre lúdico.

 

LA INTERIORIZACIÓN DEL MEDIO


Indudablemente, los aucas poseen un mundo mental -y, por tanto, también un mundo real- muy distinto al nuestro. Nosotros objetivamos el medio, lo segregamos de nuestro yo y lo contemplamos como algo ajeno. Es la cultura del yo mismo, una cultura que nos lleva a someter al medio, a moldearlo, a ajustarlo a nuestro yo. Los aucas, por el contrario, se funden con el medio, lo subjetivan e interiorizan. Y así su yo se expande hasta los últimos límites de la selva. Es la cultura del sí mismo. Y esto les lleva, más y más, a no interferir en el medio.
En definitiva, nosotros hemos colapsado la comunicación emotiva y sensorial con el medio al potenciar la comunicación reflexiva, ellos, por el contrario, han potenciado más y más su comunicación emotiva, de piel a piel, con el medio.
Y la pregunta es: Teniendo en cuenta ese, tan distinto al nuestro, proceso comunicativo de los aucas, ¿qué es el medio para ellos, cómo lo sufren o gozan, en qué medida están sujetos a él...?

PARADIGMA ECOLÓGICO


Cuando los aucas se bañan, disfrutan plenamente del agua del río. Más que bañarse dan la impresión de que se sumergen en él como el feto en el agua amniótica.
Cuando los aucas van por la selva, ésta no es un lugar por donde van. La selva va con ellos. Y la sienten, la palpan. En cada ruido, en cada olor, en cada reflejo, el auca lee el mensaje que le da la selva. No el mensaje que le envía, eso sería lejanía: le da, le hace sentir. Y a veces intuí que el mensaje que les llega de fuera ellos lo sienten desde dentro.


Cuando un jaguar les ataca, no es una fiera la que ataca, es la selva que les reta hecha jaguar. Por eso matar al jaguar -o a otro animal predador- no es matar a un enemigo. Es sólo una forma de adiestrarse, de aceptar el juego que la selva les ofrece para hacerse cazadores.
Todo evidencia que los aucas viven en un estadio acausal, de casi total inmediatez comunicativa. No hay un comunicador y un receptor. El espacio es la esfera selva y el tiempo un casi constante presente. Como si todo surgiera del mismo lugar y llegara a ese mismo lugar. Sin separatividad y, por descontado, sin dualismo. Y como éste engendra la capacidad de enjuiciar, lo que origina los valores morales, queda claro que los aucas no conocen el bien y el mal. Así que tampoco pueden conocer el diván del psicoanalista.


Los aucas, en definitiva, viven en un mundo en que subjetividad y objetividad casi se confunden. Viven ajustados al medio, fundidos con él. siendo él. Y eso, que nosotros calificaríamos de irracionalidad sin serlo, es lo que les convierte en "homo ludens". Son felices y juegan porque no hay agresión externa a pesar de cuantos peligros les rodean. Y no la hay, porque ellos no objetivan esos peligros. ¿Cómo reconocer un peligro -a nuestra forma- en algo que identifican con ellos mismos? Una de nuestras manos, aun cuando nos golpeemos con ella, ¿puede ser un peligro para nosotros?
Y ellos controlan la selva y sus peligros como nosotros no llegamos a controlar nuestras propias manos.

UNA VIDA PLENA


Esa fusión con el medio, ese no considerar el medio algo externo, algo que hay que combatir, unido a su expansión del yo personal hasta identificarlo con el yo tribal y social, hace que ningún auca sufra estrés. Y que sus enfermedades, en general, sean mínimas.
Como en toda cultura ecológica, el auca que no muere al poco de nacer vive ya una existencia casi totalmente exenta de enfermedades. Y, lo que es más importante, su vida es plena, porque la vida, para los aucas, no es un problema de cantidad, sino de calidad. Ya que una cosa es vivir más y otra vivir mejor. Y el auca sabe que vivir más tiempo puede no ser vivir mejor. Vivir más tiempo, a nuestra manera, sólo es sobrevivir. O, mejor, sobremorir. Porque sobrevivir -y nosotros sobrevivimos- es combatir la muerte, retrasarla agónicamente un año tras otro. Y ellos no sobremueren. Simplemente, viven. Y viven en ellos, en el jaguar, en la yuca, en el río, en el árbol, en... Porque ellos son la selva, y la vida de la selva es tan ellos como su propia vida.


¿Y la muerte?
¿Qué muerte? La selva no muere. Por eso el auca, que se siente uno con la selva, sabe que, aun muriendo, nunca morirá. Y tan cierto es esto que cuando un auca se siente morir suele pedir ser enterrado vivo antes de expirar. Y por su pie baja a la fosa, al útero de la selva, para volver, como la semilla, al lugar de donde salió, al lugar del que nunca se ha desprendido.

 

Por: Joaquín GRAU