Jugar como un Auca

Normalmente la vida de los aucas, de esos llamados salvajes con los que conviví en la Amazonía ecuatoriana, es una juerga constante. Desde que amanece hasta que anochece no dejan de jugar, parlotear, reír. Y no hay novedad que, aun siendo aparentemente una desdicha, no provoque la hilaridad.

A Boca, por ejemplo, se le ha vertido la olla en la que preparaba el curare; pues bien, nos lo cuenta una y otra vez entre risotadas, imitando con las manos, con los pies, con el cuerpo, como se le ha vertido la olla. Y todos ríen. Todos parecen enormemente felices, a pesar de que al desdichado de Boca se le ha vertido el curare, lo que le supondrá otro medio día para elaborarlo de nuevo. No importa, la vida es alegre y no hay penas en los ojos de los aucas. Así que chapoteamos en el río, compartimos el pésimo desayuno que ellos saborean, luchamos como cachorros de perro con ellos y sus crías, pateamos la pelota que hemos llevado a la selva, salimos a cazar...

El juego es tan constante que a nosotros nos resulta agotador. Volvemos a la choza y nos sentamos. Pero eso tampoco importa. También sentados se puede jugar. A Wincava le he regalado mi navaja albaceteña de resorte y juega con ella, me la mete casi entre los ojos mostrándome que sabe manejarla. Se ríe. Todos ríen. Uruca ventosea. También esto tiene gracia aun cuando los demás -he de reseñarlo- no la imitan. Entretanto, fuera, junto a la choza, los niños aucas se ovillan y desovillan en una pelea-juego sin fin. Los adultos, de vez en cuando, se unen a esas peleas. Se dejan ganar. Y los niños parecen satisfechos. Todos están satisfechos. Todos se muestran alegres. Y no hay -nunca oí- una sola palabra malhumorada. Un padre auca nunca pega a sus hijos y pocas veces le regaña. Y aun esas pocas veces es más una advertencia cariñosa que un reproche.
Claro, que tampoco nosotros nos veríamos obligados a regañar a nuestros hijos si nuestra sociedad fuera tan permisiva y sujeta a las normas naturales de la selección como lo es la sociedad auca. Porque, vamos a ver, ¿qué puede hacer un niño auca que provoque las iras de sus padres?, ¿ir desnudo?, ¿liarse a palos con una anaconda?, ¿golpear con la pelvis el cuerpo de su madre imitando el coito? Estos no son actos reprobables. Todo lo contrario.

 

LOS JUEGOS AUCAS


Concretamente, los niños de pecho, no los mayores, suelen jugar a golpear con la pelvis a su madre en un movimiento claro de ayuntamiento carnal. Y esto es coreado con risas generales. Con lo que el niño, estimulado por esas risas, repite una y otra vez esos movimientos. ¿Un juego fuera de lugar? No. Ese niño está aprendiendo, se está adiestrando, madura. Porque su continuo juego es la escuela de los aucas. Una escuela en que, sin notarlo, los pequeños aucas se van ajustando al necesario equilibrio de la tribu.


Para comprender a los aucas hay que leer en sus juegos. Una lectura por otro lado fascinante. Veamos:
Cuando los niños y niñas aucas se peleaban entre sí, como cachorros, no había vencedores ni vencidos, nadie proclamaba, ni podía proclamar, haber vencido a otro. Entre otras razones porque los juegos eran colectivos, sin reglas, no externamente competitivos. Pero eso no impedía que sí hubiera vencedores y vencidos.

Porque en esos juegos los aucas medían sus fuerzas e iban estableciendo, para sí y ante los guerreros aucas, jerarquías de fuerza, valor, habilidad. Y esas jerarquías, externamente no homologadas, servirían luego de baremo de equilibrio igualatorio-jerárquico dentro de la comunidad. Un día, ya guerreros, todos serán lo mismo. Nadie mandará sobre nadie. Pero todos sabrán ya cuál era el más valiente y cuál el más débil. Y, así, jugando, establecían esa realidad como una aceptación.

CÓMO ESTABLECER EL EQUILIBRIO PSÍQUICO


Naturalmente, también jugando, esos mismos niños aucas rompían sus timideces e inhibiciones. Porque se masajeaban, golpeaban y establecían contacto piel a piel. Y esto, al igual que el mutuo despioje, hacía que las desigualdades quedaran hermanadas en un flujo tribal cálido, de armonía y comprensión de propias valentías y debilidades.


Cuando los niños jugaban entre sí, pero también con los adultos guerreros, se veía palmariamente que éstos, con su actitud, estaban adiestrando a sus crías en la lucha. Y, por tanto, en la caza y en la guerra. Se veía cómo los guerreros, en el juego, rectificaban los movimientos de lucha de los niños y se veía también cómo estimulaban a los más débiles fingiendo que ellos, los adultos, eran incapaces de ganarles. Y se veía también cómo estimulaban a los más fuertes dejándose ganar sólo cuando lo creían conveniente.


Y esos juegos entre niños de ambos sexos y adultos eran el armazón de emociones -confianza mutua, afecto a los demás, etcétera- que sustentaba el equilibrio tribal.


En los juegos aucas yo veía a una tribu que se comunicaba consigo misma y que terapéuticamente se ajustaba y aceptaba. Y veía también a una tribu que transmitía sus experiencias de piel a piel, con una comunicación táctil y de aprendizaje colectivo. Porque los juegos, para los aucas, además de ser canales de recepción de nueva información, eran también respuestas que la sociedad tribal daba a nuevas apelaciones, a nuevos interrogantes.

UNA SOCIEDAD LÚDICA


Sorprendente. Los aucas, esos seres primitivos, eran lo que nosotros soñamos ser un día: hombres lúdicos, hombres que juegan. Y su sociedad era otro de nuestros más preciados sueños. Porque su sociedad es la perfecta sociedad del ocio. La única, porque sólo puede haber auténtico ocio donde no se trabaja. Donde no existe el trabajo. Donde ni siquiera la palabra trabajo se conoce. Una sociedad que trabaja puede transformar el juego en arte, pero no en ocio. Por eso los aucas no conocen nuestro concepto del arte, ellos juegan y viven en el ocio. Este es su auténtico arte.


"Con la instrucción universal -dice McLuhan-, el tiempo puede asumir el carácter de un espacio cerrado o paranoico, al que se le puede dividir y subdividir. Se le puede también llenar. Mi horario está lleno. Se le puede conservar libre: El mes próximo tendré una semana libre. Pero todo el tiempo libre del mundo no es ocio, ya que éste no acepta ni la división del trabajo que constituye "trabajo" ni las divisiones del tiempo que crean el tiempo ocupado y el tiempo libre. El ocio excluye el tiempo en tanto que recipiente. Una vez que el tiempo ha quedado mecánica o visualmente encerrado, dividido y lleno, es imposible utilizarlo más y más eficazmente."


En efecto. Y eso lo saben los aucas sin saberlo, por eso despreciaron nuestros relojes y golpearon nuestro balón a su aire. Aunque me temo que nuestros relojes y nuestras reglas de juego, que destruyen el auténtico juego, pronto acabarán con los aucas, lo que prácticamente ha ocurrido ya. Y entonces, ¿quién nos enseñará a jugar? ¿Y quien nos mostrará la forma de vivir que puede equilibrar nuestra emotividad liberándonos, con ello, de las penosas dolencias de nuestra reglamentada y competitiva cultura?.

 

Por: Joaquín GRAU